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¿Es cierto que la comida puede cambiar al mundo?

Mientras que en algunos lugares las personas se van adaptando a una denominada “nueva normalidad”, en varias partes del mundo los conflictos alcanzan otras dimensiones, develando las profundas desigualdades que son consecuencia de un sistema que sobrevive gracias a una ineficiente distribución de riquezas.

Finalmente la forma de vida que llevábamos ha frenado, para demostrarnos que nuestra manera de conducirla es insostenible.

El estado actual de la emergencia por la presencia del COVID-19 es algo generalizado, nuestra atención está centrada en procurar el bienestar de las personas alrededor nuestro. Nos encontramos en una modalidad de sobrevivencia, pero esto no debe evitarnos pensar en el futuro. Tenemos que ser capaces de pensar en la vida misma, como algo que se pueda extender a largo plazo.

Necesitamos superar ese estado de shock y buscar propuestas seguidas de acciones que sean consecuentes con un proceso de reflexión, que cuestionen las estructuras de nuestras sociedades.

En este sentido, a principios de marzo, Carolyn Steel, arquitecta, escritora y una de las intelectuales destacadas en el campo de la comida y las ciudades, publicó su libro Sitopía: Cómo la comida puede salvar al mundo (tomo que aún no cuenta con una traducción en nuestro idioma), donde nos pide volcar nuestra atención hacia los alimentos y nuestra relación con los mismos.

Seguramente muchos de nosotros hemos ignorado esta conexión o incluso nunca nos pusimos a pensar en aquello como tal; después de todo, para la mayoría de las personas, la comida es simplemente algo que se encuentra en nuestro plato, cuya función es saciar el hambre.

Pero resulta que hay mucho más dentro de ese plato. Tomada del griego sitos (comida) y topos (lugar), sitopía es una palabra que ideó para compartirnos su visión del mundo. A diferencia de la utopía (ou, no, topos, lugar), sostiene que esta sí es realizable, ya que actualmente vivimos en una sitopía, sólo que no se encuentra debidamente encaminada.

Steel nos hace notar que la comida juega un papel primordial en nuestras vidas, aunque no es debidamente valorada, por lo cual pide que se le restituya su lugar central al colocarla de vuelta en el corazón de la sociedad y de nuestro pensamiento. ¿Y por qué la comida?  Bueno, porque según la autora, más allá de una simple apreciación, existen investigaciones que sustentan que la comida ha dado forma a nuestras sociedades, incluso antes de que nos convirtiésemos en humanos.

Foto: ONU

Podríamos afirmar, junto con ella, que Comemos, luego existimos, ya que ni la adecuada capacidad de razonamiento es posible con el estómago vacío, lo cual te demuestra lo elemental que es.

Los ciclos de nuestras vidas pueden también ser pensados en relación a la comida, desde que empezamos a alimentarnos a través de la leche materna, los primeros alimentos sólidos que ingerimos, aquellas comidas que están relacionadas a acontecimientos especiales, los hábitos alimenticios que vamos incorporando como “gustos adquiridos” y que son parte de nuestras culturas, etc.

Sin embargo, y como ya muchos lo sabemos, no todo lo que comemos nos alimenta, o no de una manera provechosa. Steel nos llama a tomar conciencia sobre las varias dimensiones que surgen cuando reflexionamos sobre los alimentos. Este acto significa indagar sobre nuestra propia naturaleza y nuestros orígenes.

Mientras más ahondemos en ello, podemos llegar a comprender su potencial como herramienta de un cambio efectivo.

Luego de ocho años de investigación, concluye que gran parte de los desafíos que enfrentamos, como lo son: el cambio climático, deforestación, disminución del agua, contaminación, erosión del suelo, extinción masiva, descenso de la reserva de pescados y enfermedades provocadas por la dieta, tienen su raíz en la poca valoración que le damos a la comida.

La autora argumenta que la forma en la que nos alimentamos tiene un impacto profundo en las estructuras que gobiernan nuestras vidas, y es algo de lo que no estamos siendo totalmente conscientes, porque no vemos el asunto en la complejidad que implica.

Persona con naranja manzana fruta tomada durante el día
Foto: Hermes Rivera

En Sitopía aborda la comida desde distintas perspectivas. A través de sus páginas nos invita a un viaje extenso, pues incluso explora temas biológicos de nuestra evolución para explicar ciertos comportamientos que son reiterativos. La filosofía es su hilo conductor que le permite buscar respuestas a preguntas como ¿qué es lo que constituye una buena vida?, y otras incógnitas fundamentales.

Recurre al pensamiento de los clásicos del mundo occidental, como lo son los filósofos griegos, partiendo para ello desde la etimología de conceptos que han sido las bases de nuestras sociedades.

En vistas de un futuro que no se muestra favorable, nos recuerda, de acuerdo a estudios consultados, que de todos los factores que han sido determinantes para el colapso de algunas sociedades antiguas, la falta de soluciones a sus problemas medio ambientales ha sido uno de los de mayor incidencia. Algo que en el contexto actual cobra importancia.

Una de sus premisas centrales es que no existe la comida barata, pues es una idea falsa que está sustentada en costos que se encuentran externalizados e invisibilizados. Según una investigación citada, realizada por el Indian Centre for Science and the Environment, si se tuvieran en cuenta datos que incluyan, entre otros, el costo de la deforestación que se requiere para obtener la carne necesaria para producir una hamburguesa industrial, estaríamos pagando alrededor de $200 y no así los $2 que suele costar una Mc Donalds.

Steel enfatiza en el hecho de que, al prolongar el mito de la comida barata, no le estamos dando el valor que realmente le corresponde a toda la cadena productiva de los alimentos, hasta su debida transformación. Sin embargo, este estado ilusorio es favorable para aquellos que controlan el Sistema Alimentario Global (SAG), quienes se han encargado, además, de profundizar nuestra desconexión con el origen de los alimentos.

Menciona a cuatro compañías principales que concentran el poder, que controlan más del 75% del comercio de granos: ADM, Bunge, Cargill y Dreyfuss. Bajo prácticas monopólicas, dominan los mercados y la agricultura, promueven los monocultivos y transgénicos, a la vez que son las que producen los alimentos presentes en la dieta occidental, que finalmente nos provocan enfermedades. Todo aquello es posible a expensas de la destrucción de los bosques. Estos siguen menguando bajo la lógica de la geografía del capital, que concibe a la naturaleza únicamente como un lugar de donde extraer beneficios.

Advierte que el actual SAG basa su modelo en la propuesta de Estados Unidos, país precursor de las tecnologías y procesos industriales respecto a la comida desde la época de la revolución industrial, dando origen con ello a los alimentos procesados que son parte de la dieta que promueve. Aquella consiste básicamente en: carnes rojas, productos lácteos, bebidas azucaradas; es decir, los ingredientes que son necesarios para elaborar la sobrevalorada comida rápida, cuyo epítome se encuentra representado en el contenido de una “cajita feliz”.

Como consecuencia de esta forma de alimentación, Estados Unidos es señalado como el país con mayor obesidad del mundo, y las naciones que han adoptado los mismos hábitos alimenticios también están siguiendo ese rumbo.

Durante el transcurso de la pandemia hemos visto cómo se ha incrementado la oferta y el consumo de comida rápida, algo que es alarmante, pues está comprobado que consumirla constantemente nos lleva a padecer enfermedades crónicas, las mismas que nos hacen más propensos a contraer el virus.

Hoy más que nunca necesitamos pensar en alternativas al modelo de alimentación industrial, que garantice su sustentabilidad con el medio ambiente y a la vez produzca comida que realmente nos alimente, que sea diversa y nutritiva.

La investigación de Carolyn Steel constituye un gran aporte en esa búsqueda, pues proporciona datos que son el resultado de una revisión del devenir de las sociedades occidentales a lo largo de su historia, a partir de los cuales llega a la conclusión de que es necesario re-pensar nuestra sociedad y proponer un nuevo contrato social. Sostiene que este debe enfocarse en nuestra relación con la comida, pues nos puede guiar para poder cumplir con una tarea que tenemos pendiente y que quizás constituya nuestro mayor acto evolutivo: lograr vivir en equilibrio con nuestro medio ambiente.

The Mercado Central of Sucre - Bolivia For 91 Days
Foto: Bolivia for 91 days

La autora incluye teorías que proporcionan otros enfoques sobre economía y organización social, que tienen el potencial para imaginarnos una Sitopía como la que plantea, donde el consumismo sea dejado de lado para enfocarnos en la calidad de las cosas y en el disfrute pleno de la vida.

Recolecta también ejemplos de movimientos y emprendimientos que proponen otras maneras de ver el mundo, como lo es el movimiento mundial Slow Food.

Según ella, su esencia evoca la manera de concebir la vida de los estoicos, ‘pues llevarla lentamente no significa que carezca de entusiasmo, simplemente significa vivir en el momento’. Esta filosofía desafía a lo establecido por la lógica del sistema capitalista, que nos trata de imponer una existencia rápida, en constante sacrificio de nuestro tiempo para lograr obtener la promesa de un futuro más favorable, con una mejor vida, sin poder por ello disfrutar de lo que ya tenemos.

A lo largo de las páginas de Sitopía nos embarcamos en un viaje en el cual la comida es el eje central, a cuyo término es inevitable ignorar lo trascendental que es. Concluimos al unísono con Carolyn Steel que la comida da forma a nuestras sociedades, es la vida misma. No darle su lugar y reconocer su valor, es no valorar la vida. Lo que nos devuelve a nuestra pregunta inicial:

¿Es cierto que la comida puede cambiar al mundo?

¡Sin lugar a duda!

Reconocer que nuestros hábitos alimenticios tienen que ser modificados, para poder hacer que nuestra vida sea sustentable, es un primer paso que debemos dar. El mismo acto de ser conscientes al momento de elegir lo que comemos conlleva una acción política de por medio. Saber el origen, el proceso, e incluso, de ser posible, involucrarnos en la producción de los alimentos es una forma de valorar la comida.

Podemos empezar disminuyendo nuestro consumo de carnes y productos lácteos, priorizando en vez a los vegetales y frutas, aprendiendo a cocinarlos y prepararlos, de manera que nuestra transición hacia otro tipo de alimentación tenga como aliada a nuestra creatividad.  Pero si queremos lograr un verdadero cambio, debemos ser capaces de imaginarnos un horizonte político que involucre a todos los actores, desde la cadena productiva, hasta la transformación y el consumo de los alimentos. Esta perspectiva tiene que tener en cuenta la necesidad de preservar la naturaleza como el factor fundamental al momento de pensar la seguridad y soberanía alimentaria de nuestras sociedades.

Como bien lo afirma Steel, el control sobre la comida es poder, que ahora se encuentra concentrado en pocas manos. Si logramos recuperarlo esto significaría también recuperar la democracia.

Existen varias perspectivas desde donde podemos replantearnos nuestra relación con la comida. Sin embargo, como cocinera, habiendo tomado conciencia sobre el hecho de que el cocinar nuestros alimentos hizo posible nuestra evolución como humanos, entonces me pregunto: ¿por qué no podríamos partir desde las cocinas para transformar nuestras sociedades?

Actualmente contamos con referentes que impulsan ese cambio desde aquel lugar que es tan nuestro, donde cocineras y cocineros apasionados demuestran sus habilidades para deleitar los paladares. Toca unirnos en ese acometido para poder lograr juntos esta transformación necesaria.

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