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Sobre comales asesinos y hábitos alimenticios

Los mexicanos somos glotones por naturaleza. Puedes caminar en cualquier avenida principal y no van a faltar los puestos y lugares de comida. Los mexicanos disfrutamos comer y definitivamente también les gusta cocinar. ¿A mí? A mí me gustan las dos, pero soy muy buena para comer.Te educan para que tengas buen diente. Hay una cultura de la comida que brota en todas las familias y que se alimenta con cada changarro, como los mexicanos le decimos a un puesto de comida en la calle. Quesadillas, tacos, tortas. Uno crece rodeado de todos estos manjares y con el tiempo va refinando el gusto propio. A mí me educaron en esta cultura de la comida y he amado cada segundo de ella. La cultura de la comida mexicana me llevó a seguir a mi madre buscando lugares diferentes. Uno de sus lugares favoritos era un puesto afuera del hospital en el que nací. Mi madre acostumbraba a llevarnos a mi hermana y a mí a comer quesadillas ahí cuando se podía escapar del trabajo. Hasta el día de hoy, no he probado mejores quesadillas.

Pero esta no es una historia sobre el changarro de quesadillas, no. Ésta es una historia de un curioso evento que ocurrió en ese changarro de quesadillas. Verán, imaginen a una pequeña niña de 5 años, dando brincos felizmente de la mano de su madre, emocionada porque es un día extraordinario y va a comer quesadillas. Esta niña se sienta en un banco de plástico frente al comal en dónde los ingredientes de las quesadillas y las tortillas se están cocinando. La niña está fascinada con el arte de cocinar, le parece fantástico como cada ingrediente independiente se une en una sinfonía de sabor para crear el guisado final. La niña es distraída, inocente e inexperta y por supuesto que no presta atención en dónde pone sus manos. La niña está incómoda en su asiento y naturalmente se acerca a algo en lo que se pueda apoyar para acomodarse. La primera cosa que ve es el comal, el comal humeante. A la niña se le ocurre que ahí podría poner las manos. La tragedia se escribe sola: la niña se quema las manos. Derecha e izquierda, ambas palmas terminan chamuscadas.

Esa niña soy yo.

Tengo que admitir que no fue uno de mis momentos más brillantes pero es uno de los pocos que recuerdo de mi infancia. Y, por extraño que parezca, es uno de los que más atesoro. Ese episodio me mostró que las experiencias dolorosas se convierten en excelentes anécdotas cómicas con los años. Me gusta pensar que mi versión de 5 años era un excelente prototipo de la persona que soy ahora: distraída, torpe y, lo más importante, hambrienta. Y como toda historia necesita un final, 17 años después regresé a ese changarro de quesadillas porque ya no me carcomía la vergüenza y, para mi sorpresa, el changarro se llama “El Comal Asesino”. No sé si le pusieron el nombre después de mi encuentro con el comal en el que mis manos resultaron perdedoras, o si ya se llamaba así y el accidente estaba destinado a suceder. Solo sé que la ironía no se me escapa y ésas son las mejores quesadillas en la CDMX, en mi humilde opinión.

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